En el Viejo San Juan la mayoría de las casas y apartamentos tienen losetas negras y blancas, de modo que uno termina sintiéndose como, si en lugar de caminar, jugara algún confuso ajedrez cada mañana en el estrecho trayecto entre la cama y el baño. Va uno del lado oscuro a la luz total en una pisada. Un poco así es esta isla, una frontera constante entre el lado de allá y el de acá, entre comer tostones o papas fritas, como si ambas fritangas no fuesen una afrenta a las arterias. No vivimos ni aquí ni allá, ni viceversa.
Cuando viajo suelen cuestionarme todo el tiempo sobre ese injerto extraño que políticamente es Puerto Rico. Todavía a estas alturas hay quién me pregunta si aquí hablamos inglés todo el tiempo, si somos gringos o no. Y empieza uno a tratar de explicar el asunto y acaba una con la boca roja pero no a fuerza de barras de color, sino de hinchazón y cansancio porque a veces esta isla es lo inexplicable.
Entonces me he animado a escribir un blog, desde aquí, desde el Viejo San Juan y mis losetas claroscuras con el ánimo de compartir las cotidianidades que ocurren en esta Isla para irla entendiendo mientras escribo. Que para eso uno escribe, para entender. Me he bautizado Boca Roja, no por barata coquetería, sino como ejercicio de precisión porque quiero hablar aquí como hablan las bocas rojas, que siempre seducen y siempre dejan marca. También porque cuando se escribe desde una Isla todo tiene sensación de monólogo y un blog es algo así como un micrófono.
Entonces, a ver como sale esto.
Hoy es lunes y tengo fiebre. Los labios no se ven nada rojos.
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